
Cuando uno habla de estabilidad macroeconómica frente a un grupo de amigos no economistas, siempre hay varios que voltean los ojos por lo árido del tema. Sin embargo, es inevitable abordarla, pues es la compañera fiel de la prosperidad. La estabilidad macro es como el árbitro en un partido de fútbol: de los grandes colegiados se habla poco o nada al pitazo final; si son el tema principal de conversación, es porque algo anduvo mal.
Y de esta estabilidad se ha hablado, y mucho, sobre todo en la recta final del gobierno actual. La estabilidad macroeconómica está presente cuando hay un crecimiento estable y sostenido, la inflación es baja, y el déficit fiscal está controlado. En un ambiente así, las empresas crecen y generan empleo, el recaudo fluye hacia las arcas del Estado, el gasto público se financia con un esquema tributario sano y una deuda controlada, y la pobreza cede de manera sistemática.
La estabilidad macroeconómica está presente cuando hay un crecimiento estable y sostenido, la inflación es baja, y el déficit fiscal está controlado.
Aunque Colombia evidencia algunos de estos indicadores durante este cuatrienio, el crecimiento sigue bajo, la inflación no cede y el mercado laboral muestra luces y sombras. Lo que enciende verdaderamente las alarmas es la estrategia de endeudamiento del gobierno. Se jactan de una caída en la deuda externa, omitiendo convenientemente que la deuda total crece a un ritmo acelerado porque la deuda interna está disparada. Este desbalance encarece el crédito y presiona el bolsillo de los ciudadanos del común, quienes ignoran que para discernir sobre la dinámica real de la deuda hay que observar la totalidad y no solo una cara de la moneda.
Más allá del panorama actual, y ad portas de las elecciones, es vital analizar las propuestas de los candidatos para vislumbrar si nos espera una tensa calma o si, por el contrario, se avecinan sombras sobre la política fiscal. De entrada, hay que ser claros: el próximo gobierno la tendrá muy, pero muy difícil. Si las cuentas estuvieran sanas, este no sería motivo de debate.
El gobierno saliente seguramente se escudará en la “mala herencia” recibida, alegando que le dejaron un “dulce envenenado”. Sin embargo, tras cuatro años al volante de la macroeconomía, las excusas se acabaron y se debe asumir la responsabilidad de dejar una política fiscal peor de la que se encontró.
El gobierno saliente seguramente se escudará en la “mala herencia” recibida
El candidato del continuismo, el senador Iván Cepeda, parece imbuido en la narrativa de unas finanzas públicas saneadas. Pero sus asesores económicos deberían ser francos: la macroeconomía que recibiría le generará dolores de cabeza desde el mismo 7 de agosto. No conocemos el proyecto de presupuesto de 2027 y ya se vislumbra un paso adelante hacia el precipicio fiscal; su campaña debería estar consciente de esto.
Semana a semana, Cepeda ha venido anunciando proyectos y programas que exigen un mayor nivel de gasto público. Subsidios acá y obras allá obligan a preguntar por la fuente de financiación. ¿Habrá una reforma tributaria? ¿Hay un plan de reorganización del gasto?
El candidato asume un alto riesgo fiscal, ya que descansa sobre la premisa de que el fin de la macrocorrupción, la “austeridad republicana” en los lujos estatales y el decrecimiento del extractivismo bastarán para financiar una importante red de subsidios, obras civiles de vías terciarias y acceso universal a servicios.
Si a esta oferta de continuidad se le suma la prolongación de la actual (y mala) política fiscal, pronto nos veremos abocados a un ajuste de sudor y lágrimas, pues el margen de maniobra para enderezar las cuentas “a las buenas” será nulo. En momentos de crisis, sin un equipo técnico experimentado, es fácil caer en la tentación de solicitar créditos directos al Banco de la República, disparando la inflación. Ejemplos sobran: la región lo vivió en Argentina, Bolivia, Brasil o Perú en los ochentas, o nuevamente en Argentina en los 2000. En un ambiente así, la pobreza, la desigualdad y el hambre que se buscan combatir terminan desbordándose. Es entonces cuando la estabilidad macroeconómica se añora con desesperación (ver el libro Macroeconomía del Populismo en la América Latina).
Si a esta oferta de continuidad se le suma la prolongación de la actual (y mala) política fiscal, pronto nos veremos abocados a un ajuste de sudor y lágrimas, pues el margen de maniobra para enderezar las cuentas “a las buenas” será nulo.
Por el otro lado del espectro, el plan de su contrincante, el abogado Abelardo de la Espriella, tampoco disipa las dudas. Aunque habla de un ajuste del tamaño del Estado cercano al 25%, los detalles sobre cómo ejecutarlo no son claros. Seguramente está inspirado en recortes drásticos al estilo Milei, pero la situación colombiana, aunque cercana al abismo, aún permite margen para un ajuste ordenado y estricto.
En últimas, De la Espriella adopta una postura de ortodoxia fiscal severa: achicar el Estado en una cuarta parte, liberar al sector privado de impuestos y trámites, y reactivar agresivamente la industria petrolera y el fracking para generar la riqueza que financie el desarrollo. Lo que tiene que explicar el candidato y su fórmula, el exministro de Hacienda José Manuel Restrepo, es cómo concilian esta promesa de reducción de impuestos corporativos cuando fue el mismo Restrepo quien lideró el aumento de la renta a personas jurídicas y sobretasas sectoriales en la reforma tributaria que desactivó el estallido social de 2021.
En cuanto a la visión del gasto, el contraste es absoluto: para De la Espriella, el gasto social no es un fin en sí mismo ni una herramienta de expansión estatal permanente, sino un vehículo temporal de capitalización individual.
(...) el gasto social no es un fin en sí mismo ni una herramienta de expansión estatal permanente, sino un vehículo temporal de capitalización individual.
En una próxima columna entraré en los pormenores de ambos planes (aunque los documentos son demasiado escuetos). Lo evidente hoy es que sus visiones de política fiscal son diametralmente opuestas. “Emplazamos” a las llaves presidenciales a debatir estas propuestas con la rigurosidad que exige el momento por el que está pasando la economía colombiana. Urge conocerlos, pues como reza el refrán: el diablo está en los detalles.
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