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El dividendo intangible: fútbol, cohesión y el saldo del Mundial

El fútbol se convierte así en un bien público global de consumo simultáneo,

Andrés F. Giraldo Palomino
Andrés F. Giraldo PalominoProfesor asociado del Departamento de Economía, Pontificia Universidad Javeriana. X: @af_giraldo
22 JUL 2026 - 12:31Actualizado: 22 JUL 2026 - 17:31

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Hace unas semanas, justo antes de que el balón comenzara a rodar en Norteamérica, tuve la oportunidad de participar en un espacio organizado por Caracol Radio y la Universidad Javeriana (cuyo episodio completo puede escucharse aquí). En esa mesa, junto con colegas de ciencia política y antropología, conversamos acerca de una premisa fundamental: el Mundial es mucho más que un evento deportivo; es un espejo de nuestras estructuras sociales y económicas. Ahora que el torneo ha bajado el telón y la efervescencia colectiva comienza a disiparse, vale la pena mirar el saldo que deja la Copa, no en las cuentas de la FIFA, sino en el tejido social.

Desde el enfoque tradicional de la economía, la evaluación de un Mundial suele ser un ejercicio de contabilidad fría. Durante décadas, los políticos han vendido a sus ciudadanos la idea de que organizar o ganar estos megaeventos trae consigo un "boom" económico. Sin embargo, la evidencia empírica es contundente al desmentir este mito. Como bien lo documentan Simon Kuper y Stefan Szymanski en Soccernomics, los mundiales rara vez solucionan déficits fiscales y, por el contrario, suelen dejar a los países anfitriones con deudas y “elefantes blancos” en forma de estadios.

Pero reducir el análisis a la variación del Producto Interno Bruto es un error analítico. El verdadero impacto del fútbol no se mide en la balanza comercial, sino en lo que los economistas llamamos “utilidad”: el bienestar y la cohesión social. Kuper y Szymanski demuestran que, durante y después de un Mundial, los países experimentan un choque positivo y medible en la felicidad agregada e, incluso, caídas drásticas en las tasas de suicidio. Esta función del fútbol como amalgama social tiene implicaciones profundas para la construcción de nación, particularmente en contextos de alta volatilidad. Pensemos en África, un continente donde las fronteras nacionales fueron definidas históricamente de manera arbitraria. Este diseño institucional separó artificialmente a tribus que compartían raíces ancestrales y, al mismo tiempo, forzó la convivencia de grupos culturales completamente disímiles dentro de un mismo territorio; una geografía política que ha sido históricamente uno de los principales motores de conflictos civiles internos.

Es en estos escenarios donde el fútbol actúa como un catalizador inusual. En un artículo publicado en la American Economic Review (AER) en 2020, los economistas Emilio Depetris-Chauvin, Ruben Durante y Filipe Campante intentaron medir este fenómeno. Su investigación sugiere empíricamente que el éxito de los equipos nacionales en la Copa Africana de Naciones reduce significativamente la identificación étnica en favor de una identidad nacional unificada. Es importante señalar, en aras de la transparencia académica, que el paper fue objeto de una réplica crítica de Delpeyrou y Bertoli (2024), publicada por el Institute for Replication, que cuestiona algunos de sus resultados. En respuesta, los autores originales publicaron en diciembre de 2024 una corrección en la propia AER que matiza aspectos metodológicos puntuales pero mantiene las conclusiones centrales del trabajo. El debate está abierto, y precisamente por eso el mecanismo subyacente sigue siendo fascinante: la capacidad de un choque emocional compartido para suspender, así sea momentáneamente, divisiones históricas profundas.

(...) la capacidad de un choque emocional compartido para suspender, así sea momentáneamente, divisiones históricas profundas.

Este dividendo de cohesión no es apenas un consuelo sociológico; tiene un canal de transmisión directo hacia la prosperidad material. La literatura macroeconómica ha establecido desde hace tiempo una correlación robusta y positiva entre la cohesión social y el desarrollo económico de largo plazo. En un trabajo fundacional, los economistas Stephen Knack y Philip Keefer (1997, The Quarterly Journal of Economics) demostraron empíricamente que el capital social, medido a través de la confianza cívica, tiene un retorno económico tangible, siendo un prerrequisito para la inversión y el crecimiento. Posteriormente, autores como William Easterly, Jozef Ritzen y Michael Woolcock (2006) profundizaron en este mecanismo, evidenciando que las sociedades cohesionadas son capaces de construir mejores instituciones, lo que a su vez se traduce en desarrollo.

Si entendemos el fútbol como una de las pocas “fábricas” modernas de capital social vinculante, capaz de generar confianza entre ciudadanos que de otro modo no interactuarían, su potencial va mucho más allá de la celebración: está abonando, así sea de forma incipiente, la base institucional sobre el cual se construye el crecimiento de largo plazo.

(...) entendemos el fútbol como una de las pocas “fábricas” modernas de capital social vinculante (...)

Esta amalgama social, sin embargo, tiene una cara menos romántica y mucho más transaccional: la intersección entre el fútbol, la concentración de medios y el poder político. La historia reciente está plagada de dirigentes que han entendido que presidir clubes deportivos y controlar conglomerados mediáticos es el trampolín electoral perfecto para cooptar precisamente esa confianza cívica. El caso paradigmático es el de Silvio Berlusconi, quien apalancó el éxito del AC Milan y su red Mediaset para cimentar su imperio político. Desde la economía, este fenómeno fue retratado por Ruben Durante y Brian Knight (en su estudio de 2012 para el Journal of the European Economic Association), quienes demostraron cómo el sesgo mediático alteró de forma medible el comportamiento de los televidentes italianos. En América Latina, figuras como Mauricio Macri, desde su gestión en Boca Juniors, u Horacio Cartes, combinando el Club Libertad con su propia red de medios, han replicado esta fórmula. El mensaje es claro: quien controla la narrativa cultural y la pasión del domingo, frecuentemente termina controlando las urnas el día de las elecciones.

El Mundial ha terminado, y con él, volveremos a nuestras disputas cotidianas sobre reformas y tasas de interés. Las victorias en la cancha no corrigen las fallas estructurales de nuestras economías ni purifican las intenciones de quienes buscan instrumentalizar el deporte. Sin embargo, ignorar el poder de esa emoción colectiva sería miope. Quizás el mayor reto de nuestras sociedades no sea replicar la riqueza que genera el fútbol, sino encontrar la manera de trasladar ese efímero sentido de pertenencia y cohesión a los proyectos de Estado que definen nuestro futuros.

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