
Cada 20 de julio, Colombia espera de su presidente un discurso a la altura de la fecha. Un momento de rendición de cuentas, de visión de país, de grandeza institucional. Lo que el presidente Gustavo Petro entregó ayer fue otra cosa: un monólogo personalizado, construido más sobre la manipulación de la historia y la repetición de cifras descontextualizadas que sobre los logros reales de una administración que se acerca a su fin.
El discurso comenzó donde casi siempre terminan los de Petro: en la historia. Una historia de Colombia según Petro, reinterpretada, reencuadrada y puesta al servicio de una narrativa política que divide el tiempo entre un antes oscuro y un presente iluminado por su gobierno. Citó a Aristóteles —inventor de la palabra economía, nos recordó con el tono de quien revela un secreto— y llegó incluso al arameo, con la frase de los evangelios que promete que los últimos serán los primeros. Una bella imagen, sin duda. Pero difícil de sostener cuando quien la pronuncia ha sido parte del establecimiento político colombiano hace décadas y cuando varios de sus funcionarios, están siendo procesados por la justicia por dedicarse a todo, menos a trabajar por los menos favorecidos. La coherencia entre el versículo y la práctica es, como mínimo, cuestionable.
La columna vertebral del discurso fue económica. Petro declaró haber roto con la visión económica tradicional del país, y afirmó que las cifras de su gobierno tienen que ver con un nuevo pensamiento económico. El Sistema Interamericano, dijo, ha validado sus resultados en empleo y reducción de pobreza. Y de ahí en adelante, las cifras se sucedieron una tras otra, con la cadencia de quien ha memorizado bien su libreto. La pobreza monetaria es la más baja del siglo. El desempleo también. El coeficiente de Gini muestra menos desigualdad. La mayor tasa de ocupación laboral de la historia. Su gobierno, concluyó sin titubear, pasará a la teoría económica mundial.
Petro declaró haber roto con la visión económica tradicional del país
Hay que escribirlo, dijo. Y tiene razón en eso: hay que escribirlo, pero con rigor, con contexto y con honestidad. Porque una cosa es que ciertas cifras muestren tendencias positivas —algunas de las cuales vienen de dinámicas estructurales que preceden a este gobierno, o de recuperaciones post-covid que se registraron en toda la región— y otra muy distinta es atribuirse el monopolio del mérito. La pobreza que no subió por covid no es un logro de Petro: es un reconocimiento de que el rebote económico post-pandemia fue general en América Latina. El presidente habló de productividad e ingreso por hora gracias al "intelecto general de la sociedad", una formulación nebulosa que, traducida al lenguaje llano, significa que habló de lo que no hizo.
En materia de seguridad, el presidente hizo lo que suele hacer cuando no tiene resultados presentes que mostrar: habló del pasado. Mucho de 2015, de la década de los noventa, de principios de siglo. Pero… estamos en 2026. Las referencias históricas fueron abundantes; los logros verificables y recientes, escasos. Afirmó que el diálogo y la paz produjeron una caída en los homicidios, y que la tasa de homicidios cae porque cae la pobreza. Ambas afirmaciones merecen un escrutinio serio que el discurso no ofreció. La relación entre pobreza y violencia existe, pero no es lineal ni inmediata, y los datos sobre seguridad ciudadana en amplias regiones del país cuentan una historia más compleja que la versión oficial.
En materia de seguridad, el presidente hizo lo que suele hacer cuando no tiene resultados presentes que mostrar: habló del pasado.
Lo que más inquieta no es lo que Petro dijo, sino lo que no dijo. No habló de feminicidios, que según los datos disponibles no han bajado sino que muestran una tendencia contraria, según la Defensoría del Pueblo. No habló de los territorios donde la presencia del Estado sigue siendo una promesa incumplida. No habló de uno de los peores males de nuestra historia reciente: la corrupción y los escándalos de su gobierno. Habló, en cambio, de la "política del amor" y de la "política de la vida", con la misma solemnidad con que podría hablar de los números de bebés muertos o de las familias que siguen esperando resultados concretos en salud, en seguridad y en acceso real a oportunidades. Se atrevió irrespetuosamente a hablar de las garantías de su gobierno a la oposición, olvidándose y desconociendo el magnicidio del siglo en Colombia: el asesinato del Senador y candidato presidencial Miguel Uribe Turbay.
Gustavo Petro habló ayer como lo que ha sido siempre: un orador de largo aliento, con una ideología que, paradójicamente, él mismo podría haber definido con la cita que no se atrevió a usar — aquella que dice que la ideología es un falseamiento de la realidad. Repitió y repitió, como lo haría en el Senado donde pasó tanto tiempo, con la diferencia de que ayer tenía la tribuna más importante del país y el deber de ser algo más que un conferencista de sí mismo.
El 20 de julio debería ser de Colombia. Ayer fue, una vez más, de Petro.
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