
En 1947, en plena posguerra, un grupo de científicos que había participado en el desarrollo de las primeras armas atómicas vio necesario crear una advertencia para el mundo. La llamaron el Reloj del Apocalipsis. La imagen era sencilla y brutal: la medianoche como metáfora del colapso y la cuenta regresiva como lenguaje heredado de la explosión nuclear. Dos años antes, Albert Einstein, J. Robert Oppenheimer y otros científicos de la Universidad de Chicago vinculados al Proyecto Manhattan habían fundado el Boletín de los Científicos Atómicos, una organización sin ánimo de lucro destinada a alertar a gobiernos y sociedades sobre los riesgos que imponen los avances científicos y tecnológicos cuando no están mediados por controles éticos ni políticos.
El Reloj del Apocalipsis, también conocido como el Reloj del Juicio final comenzó ubicado a 7 minutos de la medianoche en 1947 y cada año se valora si requiere ser ajustado a partir de una evaluación interdisciplinaria que incluye riesgos asociados a las armas nucleares, a la IA, a la degradación medioambiental y a los avances biológicos. Hace dos días, el 27 de enero, el reloj fue ajustado en un umbral que, francamente, produce escalofrío: quedamos a 85 segundos de la medianoche.
Esta alerta roja responde a una convergencia de amenazas acumulativas, bien documentadas por la organización: en el plano geopolítico, la competencia entre las grandes potencias ha derivado en una nueva carrera armamentista nuclear, marcada por la expansión del arsenal chino, la modernización de los sistemas armamentistas de Estados Unidos y Rusia, el debilitamiento de los acuerdos de control de armas entre ambos países (el tratado bilateral New START para la reducción y limitación de armas nucleares estratégicas expira el próximo 5 de febrero) y los debates sobre la reanudación de pruebas nucleares, algunas de las cuales se proponen hacer en el espacio (…¡en el espacio!).
La competencia entre las grandes potencias ha derivado en una nueva carrera armamentista nuclear, marcada por la expansión del arsenal chino, la modernización de los sistemas armamentistas de Estados Unidos y Rusia...
A esto, explican desde la organización, se suma una crisis climática acelerada: concentraciones récord de CO₂, temperaturas globales sin precedentes, aumento histórico del nivel del mar y eventos extremos como sequías, inundaciones y olas de calor. En vez de revertir esta tendencia, las respuestas internacionales han sido insuficientes o regresivas, con un abandono explícito de la transición energética en algunos países clave como Estados Unidos. “Drill, baby, drill!” es la consigna que el Partido Republicano había acuñado desde 2008, y que Trump reactivó y convirtió en eslogan político para referirse a la extracción intensiva de petróleo y gas, en oposición a las políticas climáticas y a la transición energética.
En paralelo, y en criterio de la organización, los avances científicos y tecnológicos sin regulación adecuada han abierto nuevos riesgos existenciales. Desde la posibilidad de crear “vida espejo” en laboratorio, hasta el uso de inteligencia artificial para diseñar patógenos, pasando por el deterioro de la infraestructura de salud pública (en Colombia del sistema entero), el Consejo de Ciencia y Seguridad del Boletín estima que el mundo se enfrenta a amenazas biológicas para las que no está preparado. La incorporación acelerada de la IA en sistemas militares y de defensa, junto con su impacto en la desinformación y el colapso del debate público basado en hechos, agrava aún más el escenario.
Todo esto ocurre en un contexto de auge de liderazgos autocráticos y nacionalistas, que privilegian la competencia, la grandilocuencia performática y la lógica de suma cero sobre la cooperación internacional, debilitando o capturando gravemente las demás instituciones del poder público así como la libertad de prensa y de expresión.
Y, aunque estamos a 85 segundos de la medianoche, ya se percibe el fin de una parte importante del mundo que hemos conocido las personas de mi generación...
Y, aunque estamos a 85 segundos de la medianoche, ya se percibe el fin de una parte importante del mundo que hemos conocido las personas de mi generación: el fin del orden mundial establecido en la posguerra, basado en la cooperación y en los Derechos Humanos, el fin de la democracia en Estados Unidos, el fin del consenso en Europa alrededor del modelo de democracia liberal, el fin de la realidad, de la verdad y del pensamiento propio que ha impuesto la IA, el fin de muchos barrios que eran para vivir y ahora son para turistear, el fin –siguiendo a Carlos Granés–, del arte y la cultura como espacios de libertad creativa, transgresión y calidad estética, y de la política como espacio de negociación, prudencia y responsabilidad para buscar maneras de mejorar la vida de la gente.
Es muy pronto para saber cuáles de estas cosas tendrán secuela, cuáles serán reemplazadas por otras mejores y cuáles serán pérdidas que nos acercarán más a la medianoche.
Berta García Faet es una fantástica poeta española que llevo en mi corazón. Por estos días he pensado mucho en un poema suyo escrito a finales de 2023: “(…) ¿Qué tal llevas el fin del mundo? ¿Qué tal llevas que el fin del mundo no termine de arrancar, se eternice, no se acabe nunca? Parecía que habíamos llegado a un tope del horror, pero nada, ni un día sin una sorpresa insufrible (…)”
Me esfuerzo en no ser fatalista y en pensar que quizá no estamos condenados si se toman decisiones políticas y sociales audaces y cooperativas que logren retroceder las manecillas del reloj, como ya ha ocurrido antes. Sin embargo, tampoco descarto que —tal como lo expone la película Don’t Look Up— la negación, la polarización, el espectáculo mediático y los intereses económicos, amplificados por liderazgos erráticos, vuelvan imposible una respuesta racional y colectiva frente a las amenazas que enfrentamos. Tal vez el problema no sea que el fin del mundo esté cerca, sino que ya no sepamos cómo mirarlo sin convertirlo en entretenimiento.
Tal vez el problema no sea que el fin del mundo esté cerca, sino que ya no sepamos cómo mirarlo sin convertirlo en entretenimiento.
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