
Colombia estrena Gobierno el próximo 7 de agosto, pero el reto laboral más grande de los próximos cuatro años no está en el Congreso: está en los algoritmos que cada vez más deciden quién es contratado, evaluado o despedido.
Colombia tiene presidente electo, el Dr. Abelardo de la Espriella, quien tomará posesión el próximo 7 de agosto y con él llega una nueva etapa para el país, también en materia laboral.
Como pasa con cada cambio de Gobierno, los próximos cuatro años estarán marcados por los temas de siempre, como la negociación del salario mínimo, la puesta en marcha de las recientes reformas laborales, la lucha contra la informalidad, la generación de empleo para jóvenes y mujeres, la sostenibilidad financiera del sistema de protección social, el diálogo entre empresarios y trabajadores, y la tarea pendiente de fortalecer al SENA en su papel como motor de la formación para el trabajo y el emprendimiento.
Todos esos retos importan, sin embargo, hay uno que probablemente va a cambiar el mercado laboral colombiano más que cualquier reforma, y es la llegada masiva de la inteligencia artificial.
Un reto que ya no puede esperar.
Mientras buena parte del debate público sigue girando en torno a los tipos de contrato, las jornadas o los recargos salariales, el mundo ya discute cómo regular los algoritmos que seleccionan candidatos, evalúan el desempeño, reparten tareas, deciden aumentos e incluso participan en despidos
Esto ya no es un escenario futuro, está pasando ahora y la inteligencia artificial ya está presente en procesos administrativos, jurídicos, financieros, comerciales, logísticos, de manufactura, de servicio al cliente, de recursos humanos, e incluso en labores que hasta hace poco se consideraban exclusivamente intelectuales. El verdadero desafío no es pensar a cuántos trabajadores va a reemplazar la IA, sino entender que los va a transformar casi a todos.
El verdadero desafío no es pensar a cuántos trabajadores va a reemplazar la IA, sino entender que los va a transformar casi a todos.
El problema no es solo que se pierdan empleos.
Cuando se habla de inteligencia artificial y trabajo, la pregunta que más se repite es: ¿cuántos empleos van a desaparecer? Es una pregunta válida, pero se queda corta, pues los riesgos son mucho más amplios.
Uno de ellos es el aumento de la vigilancia sobre los trabajadores, donde hoy hay sistemas capaces de monitorear la productividad en tiempo real, registrar cada movimiento en el computador, medir cuánto se demora alguien en responder un mensaje o analizar conversaciones para calcular indicadores de desempeño. Usados sin límites, pueden convertir el lugar de trabajo en un espacio de vigilancia permanente.
Otro riesgo es el de los sesgos algorítmicos, pues distintos estudios internacionales han mostrado que los sistemas de selección de personal pueden repetir las discriminaciones que ya existen en los datos con los que fueron entrenados, afectando en particular a mujeres, personas mayores, minorías o ciertos perfiles profesionales.
A esto se suman las decisiones automatizadas sobre ascensos, evaluaciones o despidos, en las que el trabajador ni siquiera sabe cómo funciona el algoritmo que terminó afectando su proyecto de vida. Y detrás de todo esto hay otros problemas de fondo, como la pérdida progresiva de privacidad laboral, la rapidez con la que ciertas habilidades quedan obsoletas, y el riesgo de que las ganancias de productividad que trae la IA terminen concentradas en pocas empresas y en los trabajadores más calificados, ampliando la desigualdad.
Lo que ya advierte la OCDE,
Esta no es una preocupación aislada. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha insistido en que los mercados laborales deben prepararse para la transición tecnológica con políticas de capacitación permanente, más diálogo social y mecanismos reales que acompañen a los trabajadores en esa transición.
La inteligencia artificial no es solo una política de innovación. También es una política de empleo. Y probablemente una de las más importantes de esta década.
La inteligencia artificial no es solo una política de innovación. También es una política de empleo.
Colombia necesita una estrategia nacional de transición laboral.
Si el nuevo Gobierno quiere que la inteligencia artificial sea un motor de crecimiento, tiene que evitar que ese crecimiento se dé a costa de dejar gente por fuera del mercado laboral. Eso exige una verdadera estrategia nacional de transición laboral frente a la IA, construida entre el Estado, las empresas, las universidades, los gremios, las organizaciones sindicales y los centros de investigación.
Esa estrategia debería incluir, entre otras cosas:
Programas masivos de recalificación y reconversión laboral para los trabajadores cuyos empleos se van a transformar por la automatización.
El derecho de los trabajadores a saber cuándo una decisión laboral fue tomada, o influenciada, por un sistema automatizado.
Auditorías independientes que identifiquen sesgos en los procesos de selección, promoción y evaluación del talento humano.
Límites claros a los mecanismos de vigilancia tecnológica que resulten desproporcionados o invasivos.
Incentivos para que parte de las ganancias de productividad de la IA se traduzcan en mejores salarios, capacitación continua y bienestar laboral.
Fondos sectoriales de formación permanente, financiados entre el Estado y los sectores productivos.
Participación activa de gremios empresariales y organizaciones sindicales en los procesos de transformación tecnológica.
No se trata de frenar la innovación, por el contrario se trata de garantizar que la innovación fortalezca el trabajo digno, en lugar de debilitarlo.
El papel que le toca al SENA.
El Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) es la institución llamada a jugar un papel central dentro de esa transición.
Durante décadas, el SENA ha sido la principal herramienta pública de formación para el trabajo en Colombia. Pero la velocidad de los cambios tecnológicos obliga a repensar buena parte de su oferta y a fortalecer su capacidad para formar en inteligencia artificial, análisis de datos, automatización, ciberseguridad, robótica, programación, economía digital y las habilidades transversales que van a permitir adaptarse a trabajos que hoy ni siquiera existen.
El reto ya no es solo formar para conseguir el primer empleo, es formar durante toda la vida laboral y de cara a los retos impuestos por la IA.
El reto ya no es solo formar para conseguir el primer empleo, es formar durante toda la vida laboral y de cara a los retos impuestos por la IA.
Transparencia algorítmica. Una conversación pendiente en Colombia.
Cada vez más empresas usan sistemas automatizados para repartir tareas, evaluar la productividad, fijar metas o tomar decisiones sobre la relación laboral. Eso hace urgente definir unos principios mínimos de transparencia.
Los trabajadores deberían poder saber cuándo los está evaluando un sistema de inteligencia artificial, qué variables tiene en cuenta ese sistema, cómo pueden controvertir una decisión automatizada y qué mecanismos existen para corregir errores o discriminaciones. La confianza en la inteligencia artificial también depende de que existan reglas claras sobre cómo se usa.
Más allá del Convenio 193 de la OIT.
Vale la pena mirar de cerca lo que se discute en la Organización Internacional del Trabajo sobre la gestión algorítmica y el impacto de la inteligencia artificial en el mundo del trabajo, sobre todo después de la adopción, en junio de 2026, del Convenio 193 sobre trabajo decente en la economía de plataformas.
Pero Colombia no tiene que esperar a que se resuelva su eventual ratificación para empezar a actuar. El país puede avanzar desde ya, con políticas públicas, reformas legales y lineamientos que recojan principios cada vez más aceptados en el debate internacional como la transparencia algorítmica, supervisión humana de las decisiones automatizadas, protección frente a la discriminación tecnológica, respeto por la privacidad de los trabajadores, y mecanismos efectivos para cuestionar decisiones tomadas con ayuda de sistemas de inteligencia artificial.
Esperar a que la regulación internacional esté lista sería llegar tarde a un fenómeno que ya está transformando las relaciones laborales.
Un liderazgo que se mide por su capacidad de anticiparse.
A los gobiernos casi siempre se les evalúa por cómo responden a las crisis. Pero los mejores también se recuerdan por haber anticipado los cambios.
La inteligencia artificial es una oportunidad enorme para aumentar la productividad, impulsar el crecimiento y mejorar la competitividad del país. Pero esos beneficios solo se sostienen si se construyen sobre un mercado laboral preparado para la transición tecnológica, con reglas claras, formación permanente y protección real de los derechos fundamentales.
El verdadero reto laboral del nuevo Gobierno no será solo aplicar las reformas que ya existen o negociar el próximo salario mínimo. Será liderar la transformación del trabajo en la era de la inteligencia artificial, y asegurarse de que el progreso tecnológico beneficie a toda la sociedad, y no solo a quienes desarrollan o controlan la tecnología.
Porque el futuro del trabajo ya no depende únicamente de las leyes laborales, depende, cada vez más de cómo el Estado decida gobernar los algoritmos.
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