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Domingo de Poder (y de Pereza Nacional)

El sistema no necesita que todos voten; necesita que voten los suyos. Y cuando la mayoría bosteza, el voto amarrado se vuelve rey.

Fernando Ardila Patiño
Fernando Ardila PatiñoDocente universitario desde 1996, directivo de programas, estudioso de la normativa.
02 MAR 2026 - 18:21Actualizado: 02 MAR 2026 - 23:36

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Cada dos años, en Colombia ocurre un fenómeno extraordinario: el ciudadano amanece siendo, por veinticuatro horas, el ser más poderoso de la República. No el presidente, no el senador, no el cacique electoral. El elector. Ese mismo que, el lunes vuelve a ser invisible, el domingo tiene en sus manos la llave de la bóveda democrática.

Y, sin embargo, le da pereza.

Llueve y no sale. Hace sol, se puede quemar o está muy lejos el puesto de votación. Hay partido, hay mercado, hay siesta pendiente. “Igual todos son iguales”, murmura mientras cambia el canal. Ese día glorioso en que el poder se deposita en su dedo índice, el ciudadano descubre que caminar tres cuadras es una proeza olímpica y que la democracia debería tener domicilio y timbre.

Mientras tanto, en otra esquina de la ciudad, el mercader político no duerme. Él sí camina. Él sí madruga. Él sí hace cuentas. Tiene calculados los tamales, los buses, los mercados, los billetes discretos, los favores prometidos, los puestos ofrecidos. Sabe cuántos necesita y cuántos ya tiene “amarrados”. Para él, la abstención no es tragedia: es estrategia. Cada ciudadano que decide quedarse en casa es una variable menos que altera su ecuación.

El sistema no necesita que todos voten; necesita que voten los suyos. Y cuando la mayoría bosteza, el voto amarrado se vuelve rey. El mercader político aplaude la pereza ajena como quien celebra una inversión bien hecha.

El mercader político aplaude la pereza ajena como quien celebra una inversión bien hecha.

La indiferencia del elector es su mejor jefe de campaña.

Pero el asunto no termina ahí. El mismo ciudadano que no sale a votar puede recitar con tono escolar que, “el Estado colombiano está compuesto por el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial”. Lo dice como loro aplicado. Lo que no sabe es qué hace cada uno, cómo lo afectan, qué decide un senador, qué regula un alcalde, qué cambia una ley. Sabe la frase, ignora el significado. Es un loro mojado bajo la lluvia del domingo electoral.

Si no se entiende para qué se vota, es más fácil que gane la pereza. Porque en el fondo no se siente que esté en juego nada concreto. Y entonces la democracia se convierte en espectáculo.

En la democracia del espectáculo triunfa el saltimbanqui. El que más baila en tarima, el que más niños carga en brazos, el que se disfraza con ruana regional, el que come empanada en plaza de mercado con sonrisa ensayada. O el que dice la barbaridad más sonora: “que hoy sí, mañana no”; que “una ley arregla la biología”; que “bala para todo y para todos”; Y en este teatro tropical, el escándalo no resta: suma. Ahí está el caso de Caso Centros Poblados, donde miles de millones destinados a conectar niños terminaron desconectando la confianza pública. Ahí la estela de DMG Grupo Holding, que prometió multiplicar billetes como panes bíblicos hasta que la pirámide mostró su base de arena, donde se presume que el único beneficiado fue su abogado. Los nombres cambian, el libreto no: desfalcos monumentales, responsabilidades diluidas, indignaciones de temporada.

En Colombia no todo escándalo es verdad, pero todo escándalo es mercancía. Y el candidato que logra capitalizarlo, aunque sea a punta de ruido, suele salir mejor posicionado que el que insiste en hablar de cifras, leyes y controles fiscales.

Las acusaciones graves, los procesos incómodos, los rumores amplificados o silenciados según convenga, flotan en el ambiente como moscas en plaza de mercado. Y los grandes medios, propiedad de conglomerados empresariales que también juegan en el tablero, deciden qué se vuelve tormenta y qué se archiva como llovizna. No siempre por conspiración de novela, sino por esa vieja alianza entre poder político, poder económico y poder narrativo. En Colombia no todo escándalo es verdad, pero todo escándalo es mercancía. Y el candidato que logra capitalizarlo, aunque sea a punta de ruido, suele salir mejor posicionado que el que insiste en hablar de cifras, leyes y controles fiscales.

Porque en la democracia del espectáculo, el rating reemplaza la ética. Y mientras más alto el volumen, más bajo el estándar. El sentido común cabe en un trino. El disparate tiene rating. Y el rating da recordación.

Al elector le enseñaron que quien más aparece es quien va ganando. Y nadie quiere votar por el perdedor. Así que se vota por el que suena fuerte, no por el que piensa claro. Por el que hace ruido, no por el que estudia el proyecto de ley. Después, cuando ese personaje legisla o gobierna, llega la fase nacional de la lloradera.

Entonces sí:

  • ¿Cómo así que aprobaron esa reforma?

  • ¿Cómo así que subieron ese impuesto?

  • ¿Cómo así que esa ley afecta mi bolsillo?

Como si el momento para enterarse fuera el noticiero posterior y no la campaña previa. Como si las propuestas no hubieran estado ahí, visibles para quien quisiera leerlas. Pero leer exige tiempo. Y el tiempo compite con la siesta.

Nuestro problema no es solo la corrupción ajena; es el analfabetismo político propio. La apatía alimenta la desazón, la desazón legitima el retiro y el retiro deja el país en manos de quienes sí hacen la tarea, aunque la hagan para su beneficio.

Así las cosas, respetado elector, usted que paga impuestos puntualmente, que se queja con razón, que exige servicios, decida qué le conviene más: levantarse el domingo, caminar bajo la lluvia y alterar las cuentas de unos cuantos, o seguir perfeccionando el pasatiempo nacional de la queja permanente.

Porque mientras usted descansa, alguien más está contando votos.

Y esos sí llegan.

Nuestro problema no es solo la corrupción ajena; es el analfabetismo político propio. La apatía alimenta la desazón, la desazón legitima el retiro y el retiro deja el país en manos de quienes sí hacen la tarea, aunque la hagan para su beneficio.

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