
Hace poco escuché un episodio del pódcast La ContraCrónica que explicaba cómo funciona la propaganda. Fernando Díaz Villanueva señalaba que la propaganda, lejos de ser simplemente mentira, es una forma de persuasión al servicio de agendas políticas que ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes, sofisticándose con cada avance tecnológico.
Desde los relatos glorificados de faraones y emperadores hasta las maquinarias ideológicas del siglo XX —perfeccionadas por figuras como Lenin, Stalin y Goebbels—, su eficacia radica menos en la mentira abierta y más en la selección, manipulación y uso emocional de verdades parciales.
Hoy, en el ecosistema digital, algoritmos, bots y deepfakes amplifican estos mecanismos, produciendo cámaras de resonancia y realidades fragmentadas que erosionan la posibilidad de compartir siquiera un terreno común en relación con los hechos y la verdad. En ese contexto, el mayor riesgo no es solo la manipulación, sino la exclusión de la razón misma, lo que hace de la educación crítica la única defensa real frente a su poder.
El mayor riesgo no es solo la manipulación, sino la exclusión de la razón misma, lo que hace de la educación crítica la única defensa real frente a su poder.
Contrario a la creencia generalizada, la cultura no necesariamente funciona como antídoto frente a mecanismos de manipulación. En ocasiones, puede convertirse en uno de sus vehículos más eficaces.
Existe una cierta confianza en que el campo cultural, por su vocación crítica, por su relación con la creación y el pensamiento, opera como un espacio de resistencia frente a la simplificación y la manipulación. Pero esa confianza desconoce algo fundamental: la cultura también produce sentido. Y, por tanto, también puede reproducirlo.
Cuando el relato político logra instalarse en el campo cultural, deja de percibirse como relato. Se vuelve atmósfera. Se filtra en los lenguajes, en las narrativas, en los marcos desde los cuales se interpreta la realidad. Y en ese punto, la discusión deja de ser explícita y el debate se torna indeseable. La complejidad cede frente a la coherencia del relato y la cultura, que podría abrir preguntas, empieza a cerrar el campo de lo que se puede pensar y expresar.
En este escenario se abre paso el efecto arrastre, que apela a nuestro instinto de seres tribales que se adaptan a lo que les gusta a los demás. Gustave Le Bon y Hannah Arendt estudiaron la psicología de masas para abordar la perturbadora pregunta de por qué apagamos tan fácilmente la brújula moral individual en ciertos contextos.
Pensar críticamente exige un esfuerzo considerable, y disentir implica costos reales de señalamiento, aislamiento y pérdida de privilegios.
¿Por qué lo que antes producía indignación luego se acepta o se ignora? No se trata simplemente de hipocresía. Pensar críticamente exige un esfuerzo considerable, y disentir implica costos reales de señalamiento, aislamiento y pérdida de privilegios. Por eso con frecuencia se cede a la comodidad de los sesgos y al amparo que brinda el sentido de pertenencia y la lealtad a proyectos que mantienen sus consignas en el discurso, incluso cuando estas se contradicen con los hechos y las actitudes.
George Orwell, por su parte, observó los peligros de la fusión entre propaganda y mentira durante la guerra civil española, plasmándolos genialmente en 1984. Esta novela no habla tanto de un futuro distópico como de una tentación permanente del poder. No intenta describir un régimen específico reconocible en todos sus rasgos, sino identificar los mecanismos mediante los cuales el poder busca volverse incuestionable: el control del lenguaje para definir qué es real, qué es verdad y qué merece ser recordado.
Estos mecanismos no son patrimonio de ninguna ideología. Pero tampoco son abstractos. Tienen expresiones concretas. Y quizá por eso, releer la novela de Orwell no produce la sensación de estar frente a una exageración literaria, sino frente a un espejo incómodo.
Orwell recurre a mecanismos que la teoría de la propaganda del siglo XX describió con bastante precisión y que son explicados en el pódcast que he mencionado: la simplificación del mensaje, la apelación emocional, la construcción de antagonismos, la repetición como forma de fijar percepciones más allá de la evidencia, la asignación de etiquetas e insultos a los adversarios, la creación de cortinas de humo, la fabricación de complots y la selección estratégica de la información —lo que se dice, lo que se omite, lo que se enfatiza— para producir una realidad funcional.
Lejos de ser reliquias históricas, estos mecanismos siguen operando, con matices y adaptaciones, en contextos democráticos contemporáneos.
No se trata de grandes aparatos visibles. Por el contrario: su eficacia radica en su aparente normalidad. En su capacidad de operar dentro del lenguaje cotidiano, de simplificar debates estructuralmente complejos en oposiciones binarias y del progresivo vaciamiento de sentido de palabras y consignas.
En 1984, los lemas del Partido —“La guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud”, “La ignorancia es la fuerza”— no buscan convencer, sino reorganizar la realidad.
Cuando las grandes consignas sustituyen la evidencia y cuando el relato se impone sobre la realidad, el problema deja de ser político para volverse más profundo: se convierte en una crisis epistemológica.
Quizás por eso esta obra sigue resultando tan inquietante. No porque vivamos en una distopía literal, sino porque empezamos a reconocer la lógica que hace posible separar el lenguaje de los hechos. Cuando las grandes consignas sustituyen la evidencia y cuando el relato se impone sobre la realidad, el problema deja de ser político para volverse más profundo: se convierte en una crisis epistemológica.
Y es en ese punto, cuando el lenguaje deja de describir y empieza a sustituir los hechos, donde la propaganda alcanza su paroxismo.
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