
Hace cientos de miles de años, cuando nuestros antepasados todavía discutían asuntos trascendentales, como cuál mamut perseguir y cuál cueva tenía menos pulgas, la vida era relativamente sencilla. Si alguien gritaba:
¡Fiera!
Nadie pedía estudios técnicos, indicadores estadísticos ni una mesa de concertación intertribal.
Todos corrían.
Y hacían bien.
Los que se quedaban analizando si realmente era una fiera, un Panthera leo spelaea, o una interpretación subjetiva de la realidad, terminaban convertidos en almuerzo.
Así se construyó una parte importante del cerebro humano: reaccionar rápido ante el peligro.
Era una herramienta magnífica para sobrevivir.
El problema es que el cerebro evolucionó más despacio que la tecnología.
El problema es que el cerebro evolucionó más despacio que la tecnología.
Hoy llevamos en el bolsillo un aparato capaz de acceder al conocimiento acumulado de la humanidad, pero seguimos reaccionando emocionalmente a cualquier individuo que aparezca gritando que viene la fiera.
Aunque la fiera ahora se llame comunismo, fascismo, castrochavismo, neoliberalismo, agenda globalista, oligarquía, establishment, élites, inmigrantes, empresarios, sindicatos o cualquier otra criatura imaginaria útil para asustar electores.
La sabana desapareció.
La estampida permanece.
Con el tiempo llegaron la agricultura, las ciudades, la escritura y algo todavía más revolucionario: pensar antes de actuar.
Aparecieron los observadores.
Los que analizaban las estaciones.
Los que calculaban cosechas.
Los que construían puentes.
Los que hacían preguntas incómodas.
Mientras unos corrían, otros pensaban.
Y gracias a esos segundos aparecieron los calendarios, las matemáticas, la ingeniería, la medicina y prácticamente todo aquello que impide que todavía estemos peleando por una fogata.
Sin embargo, la evolución tiene un sentido del humor bastante extraño.
Sin embargo, la evolución tiene un sentido del humor bastante extraño.
Construimos telescopios capaces de mirar galaxias a millones de años luz, y luego elegimos gobernantes utilizando exactamente el mismo mecanismo mental que utilizaba un cavernícola cuando escuchaba crujir unos arbustos.
Miedo.
Rabia.
Impulso.
Tribu.
Por eso, las campañas modernas parecen menos debates y más documentales sobre comportamiento animal.
No gana necesariamente quien explica mejor.
Gana quien asusta mejor.
No triunfa quien presenta el plan más sólido.
Triunfa quien activa más emociones.
El candidato moderno entendió algo que los filósofos tardaron siglos en descubrir: convencer es difícil; asustar es barato.
Explicar una reforma tributaria requiere cuarenta páginas.
Gritar “¡nos van a quitar todo!” requiere cinco palabras.
Diseñar una política pública toma meses.
Inventar un enemigo toma treinta segundos.
Diseñar una política pública toma meses. Inventar un enemigo toma treinta segundos.
Y el algoritmo, esa versión digital del chamán tribal, recompensa precisamente eso.
La indignación viaja más rápido que la razón.
La rabia corre más que los datos.
La mentira emocional siempre sale primero porque el análisis todavía está buscando estacionamiento.
Por eso vivimos una época fascinante.
Tenemos inteligencia artificial.
Computación cuántica.
Satélites.
Ingeniería genética.
Y candidatos que siguen ofreciendo soluciones mágicas para problemas complejos.
Algunos prometen encarcelar la realidad.
Otros decretar prosperidad.
Otros eliminar la pobreza por resolución administrativa.
Y unos cuantos todavía creen que gobernar consiste en encontrar un enemigo suficientemente útil para culparlo de todo.
Lo verdaderamente preocupante no es que existan vendedores de milagros.
La humanidad siempre los ha producido.
Lo preocupante es que millones de personas entreguen voluntariamente el manejo de sus impuestos, sus instituciones, su economía y el futuro de sus hijos sin leer una sola página de aquello que prometen hacer.
Nadie compra una bicicleta sin comparar opciones.
Nadie compra una casa sin revisar documentos.
Pero hay ciudadanos que entregan un país entero después de ver tres videos en redes sociales y dos cadenas de WhatsApp enviadas por un tío, especialista simultáneo en geopolítica, economía, medicina y fútbol.
Quizás por eso los antiguos místicos valoraban tanto el silencio.
Quizás por eso los antiguos místicos valoraban tanto el silencio.
Porque pensar requiere algo que las redes sociales detestan profundamente:
tiempo.
Tiempo para leer.
Tiempo para contrastar.
Tiempo para dudar.
Tiempo para aceptar que quien piensa distinto no necesariamente es un enemigo.
Dentro de unos días volveremos a las urnas.
Y cada ciudadano tendrá en sus manos algo extraordinario: la capacidad de transferir poder.
Y cada ciudadano tendrá en sus manos algo extraordinario: la capacidad de transferir poder.
La pregunta no es si votará por la derecha, la izquierda, en blanco o anulara su voto.
La pregunta es mucho más simple.
¿Votará con el cerebro que corría detrás de la manada hace cien mil años?
¿O con el que construyó las bibliotecas, las universidades y la civilización?
Porque el voto dura unos segundos.
Pero las consecuencias suelen durar décadas.
Antes de entrar al puesto de votación piense: Una cosa es lograr que una multitud corra detrás de una antorcha, y otra muy distinta saber hacia dónde conducir el pueblo sin incendiar el bosque. La historia está llena de expertos en encender estampidas; lamentablemente, son muchos menos los que saben construir caminos.
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