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Rock al Parque y otros aprendizajes del primer Programa de Cultura Ciudadana

Hay que recuperar sus aprendizajes, reconocer lo que ha cambiado y actualizar el espíritu de la Cultura Ciudadana para los desafíos del siglo XXI.

Lucy Molano Rodríguez
Lucy Molano RodríguezArquitecta. Experta en participación, cultura ciudadana y gobernanza urbana.
14 OCT 2026 - 12:19Actualizado: 14 OCT 2026 - 17:21

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Rock al Parque es mucho más que un festival de música. Su historia también nos habla de cómo la Cultura Ciudadana puede transformar las relaciones entre las personas y ayudarnos a construir una ciudad en la que las diferencias no sean motivo de confrontación, sino una oportunidad para encontrarnos. 

En 2025, al cumplirse 30 años de la primera administración de Antanas Mockus, celebramos esta experiencia en mi canal de YouTube La Metáfora de la Línea y el Punto, en alianza con Maloka. Conversamos con el exalcalde Paul Bromberg, quien asumió la Alcaldía tras la renuncia de Mockus, y con integrantes del equipo del Programa de Cultura Ciudadana (PCC), del que tuve el privilegio de hacer parte. En esta columna comparto algunas de las lecciones de aquella conversación. 

El gobierno de Mockus estuvo marcado por una manera diferente de entender la relación entre el Estado y la ciudadanía. Su estilo, tan particular como provocador, rompió esquemas: vestido de superhéroe, invitaba a cumplir las normas de convivencia y a reconocer que nuestros comportamientos tienen consecuencias sobre los demás. La comunicación pública se convirtió en una herramienta para convocar, cuestionar hábitos y promover cambios colectivos.

El gobierno de Mockus estuvo marcado por una manera diferente de entender la relación entre el Estado y la ciudadanía.

Esta experiencia también recogía el espíritu de optimismo que siguió a la Constitución de 1991. Bogotá comenzaba a reconocerse como una ciudad que merecía nuestro afecto y compromiso, y en la que sus habitantes podían asumir un papel mucho más activo. Era necesario cuestionar aquella idea de que la ciudad dejaba de pertenecernos porque llegaban personas de otros lugares. Bogotá podía reconocerse, precisamente, como la gran ciudad colombiana de los migrantes. El cambio era profundo: no éramos solamente ciudadanos-electores, sino también autores de la ciudad.

El Programa de Cultura Ciudadana fue una experiencia de innovación en la gestión urbana. La adecuación de contextos, mediante proyectos como la adopción de parques barriales, el mobiliario urbano, los cruces escolares y el reordenamiento de las ventas ambulantes en el barrio 20 de Julio, permitió articular asuntos urbanos que requerían respuestas coordinadas entre distintas entidades.

El Programa de Cultura Ciudadana fue una experiencia de innovación en la gestión urbana.

No se trataba únicamente de comunicarles a los ciudadanos cómo debían comportarse. También había que transformar los entornos, comprender las dinámicas sociales y convocar a las personas a participar en la solución de problemas colectivos. La cocreación y la gestión interinstitucional abrieron posibilidades para una gobernanza urbana diferente, en la que el Estado no actuara solo, sino que promoviera una acción ciudadana más comprometida con los asuntos de interés público.

Esta perspectiva implicó un cambio de paradigma: investigar para comprender la ciudad y sus habitantes antes de intervenirla. Y también reconocer que el cambio de comportamiento no podía exigírsele únicamente a la ciudadanía. Los funcionarios públicos debían revisar sus propias prácticas, como lo mostraron proyectos de formación dirigidas, entre otros, a la Policía.

En ese contexto, Rock al Parque se convirtió en uno de los laboratorios más interesantes de Cultura Ciudadana en el país y en Latinoamérica. El festival reunió públicos de géneros musicales distintos, en un escenario donde existían tensiones y enfrentamientos entre algunos de sus seguidores. La respuesta no consistió simplemente en aumentar la vigilancia. Según lo compartido en nuestra conversación, se conformó un equipo logístico con una mirada pedagógica y disuasiva, con la participación mayoritaria de antiguos integrantes de pandillas, para acompañar y cuidar a los asistentes.

Rock al Parque se convirtió en uno de los laboratorios más interesantes de Cultura Ciudadana en el país y en Latinoamérica.

La experiencia muestra que la convivencia también puede construirse creando condiciones para el encuentro, reconociendo las dinámicas de los grupos y encontrando formas diferentes de gestionar los conflictos.

El programa, impulsado desde el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, hoy Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte, requirió la articulación de distintos sectores de la Administración distrital. Esta sigue siendo una de sus grandes lecciones: los desafíos colectivos no se resuelven remando desde una sola orilla.

Los aprendizajes también alcanzaron otros ámbitos. En movilidad, comenzó a ganar terreno una visión que iba más allá de los carros, la ingeniería y el perfil vial, para reconocer la importancia de peatones y ciclistas en la manera de comprender y usar la ciudad.

Otro desafío fue la Carta de Civilidad, una propuesta que buscaba sentar bases para las reglas de convivencia y las relaciones entre las personas que no están mediadas por contratos. La iniciativa fue presentada al Concejo de Bogotá, que lamentablemente lo archivó.

En nuestra conversación con Paul Bromberg y parte de su equipo surgió, además, una advertencia que considero fundamental para la Bogotá de hoy: no podemos atribuir todos los problemas de convivencia a la falta de Cultura Ciudadana. Necesitamos instituciones públicas con capacidad operativa, acuerdos con la ciudadanía y una participación más activa del sector privado. En otras palabras, necesitamos fortalecer la gobernanza urbana y la confianza entre ciudadanos, y entre la ciudadanía y las instituciones.

Necesitamos instituciones públicas con capacidad operativa, acuerdos con la ciudadanía y una participación más activa del sector privado.

También expresaron su preocupación por el riesgo de desaprovechar la oportunidad que representa la primera línea del Metro de Bogotá para desarrollar una verdadera experiencia pedagógica de ciudad. Una infraestructura de esta magnitud no debería limitarse a transportar pasajeros: también puede contribuir a transformar comportamientos, fortalecer el respeto por lo público y promover nuevas formas de relacionarnos en los espacios que compartimos.

Bogotá ha cambiado profundamente desde los años noventa. Hoy enfrenta desafíos como la polarización, la intolerancia, la evasión de las normas y el deterioro del respeto por lo público. Por eso, no se trata de repetir las campañas del pasado ni de idealizar una época. Se trata de recuperar sus aprendizajes, reconocer lo que ha cambiado y actualizar el espíritu de la Cultura Ciudadana para los desafíos del siglo XXI.

¿Y usted cómo aporta a la Cultura Ciudadana de Bogotá?


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