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¿Por qué cumplir es de tontos?

La esquina de los cuatro “Pare” es, en el fondo, un examen de confianza, y por ahora lo estamos perdiendo.

Andrés F. Giraldo Palomino
Andrés F. Giraldo PalominoProfesor asociado del Departamento de Economía, Pontificia Universidad Javeriana. X: @af_giraldo
28 OCT 2026 - 15:40Actualizado: 28 OCT 2026 - 21:26

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En Bogotá conozco un solo cruce donde las cuatro esquinas tienen una señal de “Pare” (ver foto; la tomé para mi clase de Desarrollo Económico y así ilustrar el tema de Cultura e Instituciones). Paso por ahí con frecuencia y siempre me deja la misma pregunta. En cualquier esquina del país con un solo “Pare”, la señal se respeta poco, pero algo: el conductor que la tiene al frente baja la velocidad, mira y, algunas veces, cede. En la esquina de los cuatro “Pare”, en cambio, casi nadie se detiene. ¿Por qué cuatro señales producen menos obediencia que una?

imagen dada

La respuesta está en cómo funciona cada regla. Un solo “Pare” establece una jerarquía: una vía tiene prelación y la otra cede. Quien tiene la señal al frente no necesita confiar en nadie; le basta un cálculo elemental de supervivencia: el carro que viene por la vía principal no va a frenar por él. La regla se cumple, en buena medida, porque coincide con el miedo.

Cuatro “Pare” funcionan de otra manera. Nadie tiene prelación. Todos deben detenerse y salir en el orden en que llegaron. Es una regla elegante y barata, pero descansa por completo en la confianza: me detengo porque espero que los otros tres también se detengan y respeten el turno. Ahí está la trampa. Si creo que los demás van a parar, me conviene no hacerlo, porque la vía me queda libre. Si todos razonan igual, nadie para. Y si creo que los demás no van a parar, detenerme me expone. En ambos casos, la señal pierde.

Cuatro “Pare” funcionan de otra manera. Nadie tiene prelación.

La diferencia entre las dos esquinas resume un problema de desarrollo. Hay reglas que funcionan por la jerarquía o el miedo, y reglas que funcionan por la confianza. Las primeras sobreviven en sociedades desconfiadas; las segundas, no. Y Colombia es una sociedad profundamente desconfiada. En la Encuesta Mundial de Valores de 2012, apenas 4% de los colombianos respondió que se puede confiar en la mayoría de las personas. En la de 2018, más de ocho de cada diez dijeron confiar poco o nada en alguien a quien conocen por primera vez. Con esos niveles de confianza, la esquina de los cuatro “Pare” no tenía mucha oportunidad.

La segunda escena me ocurrió hace poco. Cruzaba una calle con el semáforo peatonal en verde cuando una persona en bicicleta casi me atropella. Frenó apenas lo suficiente para reclamarme cómo se me ocurría pasar. La vía era de los peatones. Lo revelador no es la infracción, que es cotidiana, sino la inversión de la norma: quien la viola regaña a quien la cumple, convencido de que la vía es de quien la toma. Antanas Mockus lo llamó el divorcio entre ley, moral y cultura: la ley dice una cosa y la costumbre de la calle, otra.

Los datos confirman el patrón. En la Encuesta Mundial de Valores de 2018, 73% de los encuestados dijo que evadir impuestos nunca se justifica, pero solo 53% dijo lo mismo de colarse en el transporte público, y 15% consideró que colarse se justifica siempre. Rechazamos la trampa abstracta y toleramos la cotidiana, justo donde la sanción es improbable.

Sería fácil concluir que todo esto es cultural y que no hay nada que hacer hasta que la cultura cambie. La economía tiene evidencia para matizar esa resignación. Raymond Fisman y Edward Miguel estudiaron un experimento natural: los diplomáticos de las misiones ante la ONU en Nueva York que, protegidos por la inmunidad diplomática, podían parquear mal sin pagar las multas. Sin sanción, su conducta dependía solo de las normas que cada uno traía de su país. El resultado fue nítido: los diplomáticos de países con más corrupción acumularon muchas más multas sin pagar. Entre 1997 y 2002 sumaron más de 150.000, por unos 18 millones de dólares. Peor aún, las infracciones aumentaban con los años de permanencia en la ciudad: sin sanción, hasta los que llegaban con buenas costumbres las iban perdiendo.

En 2002, Nueva York empezó a retirar las placas diplomáticas a los infractores y a descontar las multas impagas de la ayuda externa de Estados Unidos a sus países. Las infracciones cayeron más de 98%, para todos, vinieran de donde vinieran.

La lección tiene dos caras. La cultura importa: explica quién incumple cuando nadie mira. Pero la sanción creíble importa todavía más, porque borra en poco tiempo diferencias culturales que parecían permanentes. Esperar a que cambie la cultura para hacer cumplir la norma es poner la carreta delante de los caballos. Muchas veces, la cultura cambia precisamente porque la norma se hace cumplir.

Esperar a que cambie la cultura para hacer cumplir la norma es poner la carreta delante de los caballos.

Hay además un costo económico que pocas veces contamos. Cuando no confiamos en que los demás cumplan las reglas baratas, las reemplazamos por reglas caras. Donde podría bastar un “Pare”, ponemos un semáforo; donde podría bastar una señal de velocidad, ponemos un resalto vial o un reductor de velocidad. No es casual que en Colombia al reductor de velocidad lo llamemos coloquialmente “policía acostado”: sustituimos la norma, y al agente que debería hacerla cumplir, por concreto. Cada semáforo innecesario, cada reja, cada trámite con tres sellos y copia del 150% para prevenir el fraude es el precio de la desconfianza. Las sociedades que respetan las reglas no solo son más amables: son más baratas de administrar, y por eso tienen más recursos para crecer.

Bogotá ya lo intentó. En los años noventa, la cultura ciudadana de Mockus combinó pedagogía, por ejemplo, con los mimos que ponían en evidencia al infractor, con sanción, y la ciudad cambió mientras el esfuerzo duró. El error posterior fue creer que bastaba con lo primero, o abandonar lo segundo.

Queda una dimensión más incómoda. El Estado también educa con el ejemplo. Un Gobierno que suspende su propia regla fiscal, que incumple las metas que él mismo se fija o que exige obediencia mientras se exime de ella, le dice al ciudadano lo mismo que el ciclista me dijo a mí: las reglas son para los ingenuos. Es difícil pedirle a un conductor que respete el “Pare” cuando quien pinta las señales no respeta las suyas.

La esquina de los cuatro “Pare” es, en el fondo, un examen de confianza, y por ahora lo estamos perdiendo. No porque los colombianos seamos peores que otros, sino porque llevamos demasiado tiempo en un equilibrio en el que cumplir es de tontos. Salir de él exige lo que demostraron los diplomáticos en Nueva York: que incumplir cueste, y que cueste para todos.

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