Crónica | No fue solo una victoria fue un triunfo de país: Colombia, local en todas partes
Minuto60 estuvo en estadio Azteca viviendo la emoción del triunfo 3-1 contra Uzbekistán en el estreno mundialista.

- Ustedes son colombianos, allí juega James Rodríguez. Él es un crac.
Decía un pequeño niño mexicano, mientras una pequeña ola amarilla caminaba por las calles de Ciudad de México, invadiendo de a poco su país. Él no se sentía incómodo, él le hinchada al equipo de Néstor Lorenzo.
Unos metros más adelante, Joaquín, de 12 años y quien iba con sus padres de la mano, se soltó un momento para devolverse para mirar a los ojos a ese pequeño grupo de colombianos y ser muy claro con ellos.
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- Vamos, Colombia. Yo sé que hoy van a ganar.
Y así comenzó un recorrido lleno de júbilo, que se culminó con un debut mundialista de ensueño, más allá de lo táctico, de las formas, de los errores puntuales o si el equipo rival era menor futbolísticamente hablando o si James Rodríguez no jugó su mejor partido. Fue una fiesta nacional en estadio Azteca, un templo de este deporte.
Un camino de ilusión
Mientras se caminaba por las calles cerradas, comparsas mexicanas acompañaban los pasos colombianos. Cumbias del momento, mujeres en zancos y con vestidos típicos de la cultura mexicana iban acelerando el corazón. “Vamos, Colombia”, “¡Colombia! ¡Colombia! ¡Colombia!” marcaban el compás.
Hasta que por fin apareció el muro, el gigante que haría que 80.000 personas desgarran sus gargantas y festejaran hasta unirse en un solo abrazo de patria. El estadio Azteca, recinto en el que fueron campeones Maradona y Pelé abrió sus puertas para recibir a esta marea amarilla. Pequeños grupos se fueron formando para alentar: “Vamos, vamos, tricolor, hoy te vinimo’ a alentar, para ser campeón, hoy hay que ganar”, y así se repitió una y otra vez.
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Algunos tomaban cerveza a 290 pesos mexicanos, unos 35 mil pesos colombianos por vaso, otros se tomaban un vaso entero de tequila, que costaba 400 pesos mexicanos, unos 80 mil pesos colombianos. Todos eran amigos de todos, las personas brindaban y se abrazaban, la palabra para llamarse era ‘veci’ en tierras manitas.
Aquí es donde viene un apartado. Momento del himno nacional, el estadio se quedó callado durante 10 segundos cuando avisaron que se entonaría por los parlantes, parecieron esos 10 segundos previos a una prueba de los 100 metros planos, pero una vez sonó el primer instrumento, todo el estadio tomó aire y dejó salir su más orgánico canto: “¡Oh, gloria inmarcesible! ¡Oh, júbilo inmortal!”.
Ese minuto y 20 segundos derramó las lágrimas de muchos asistentes en el estadio – aquí es cuando hago el apartado después de narrar la situación – para este escritor que vivió tres años por fuera del país, añorando a Colombia, deseando a Colombia y queriendo a Colombia, no tuvo momento más sublime que gritar cada palabra del himno más hermoso del mundo.
Una deuda pagable e imborrable
Al lado de donde estuvo Minuto60, dos mujeres del Valle del Cauca se dijeron: “Estamos endeudadas hasta el cul…, pero cumplimos un sueño”. Curiosamente era una comunidad caleña, todos en su gran mayoría hinchas del América. Eran los que más pedían alentar a todo el estadio.
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El partido, quizá muchos no lo vieron, solo giraban como un ventilador sus cabezas para entender qué era lo que estaba pasando y es que la misma pantalla mostraba que fueron 80.824 asistentes al Azteca, casa totalmente llena: ¡Colombia es local en todos los rincones del mundo!
Tras el pitazo final, de fondo sonaba J Balvin y sin discriminar dónde ni edad, los colombianos armaron su fiesta a las afueras del estadio. Bailaban y gozaban. Festejaban y se abrazaban. No fue un triunfo solamente, no fueron solo tres puntos, fue la demostración de que Colombia es el país más unido del planeta cuando quiere y que los rencores quedan de lado cuando juega el amor de todos, ¡cuando juega la Selección!
