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Sacheri y el funcionamiento general de las elecciones en Colombia

El fútbol nos une cuando las elecciones nos dividen.

Devis Sarmiento Forero
Devis Sarmiento ForeroEconomista y profesor universitario
21 JUN 2026 - 06:59Actualizado: 21 JUN 2026 - 12:20

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“A lo que voy, Benitez, es que los juegos para mí están para eso. Para simplificarnos la vida hasta un punto en que nos sintamos capaces de entenderla, de manejarla, de asirla de algún modo.

¿Asirla?

Agarrarla, Benitez. Agarrar la vida sin que se te desborde”

El escritor y guionista argentino Eduardo Sacheri demostró que el fútbol puede ser un espejo de la realidad. Para quienes no lo conocen, es el autor de La pregunta de sus ojos, llevada al cine por José Campanella como El secreto de sus ojos, y ganadora del Oscar a mejor película extranjera en 2010.

En una de sus novelas más recientes, El funcionamiento general del mundo, Sacheri narra la historia del primer campeonato de fútbol del Colegio Nacional Normal Superior Arturo Del Manso, en 1983, en plena tensión política argentina. El protagonista la cuenta a sus hijos durante un largo viaje que hacen a la Patagonia, entrelazando el presente que viven durante el trayecto con los recuerdos de aquel torneo. La tesis del libro es tan sencilla como poderosa: el fútbol es la mejor forma de explicar cómo funciona el mundo.

Esta semana, Colombia vive una coyuntura que parece salida de las páginas de Sacheri. La segunda vuelta de las elecciones presidenciales y la participación de la Selección Colombia en el Mundial de Fútbol 2026 confluyen en un mismo momento histórico, dos hechos que marcarán al país durante años. Valga aclarar que esta confluencia no es nueva, pues lleva varios años ocurriendo. Lo nuevo es el grado de polarización política, por un lado; y por el otro, la alta expectativa deportiva por los resultados de la ‘tricolor’.

Lo nuevo es el grado de polarización política, por un lado; y por el otro, la alta expectativa deportiva por los resultados de la ‘tricolor’.

Leer a Sacheri, en este contexto, me reveló algunas analogías que vale la pena explorar.

La primera es la del partido definitivo. Estas elecciones tienen para Colombia la misma carga que aquel campeonato tenía para los estudiantes del colegio: ganar no es solo obtener un trofeo, sino evitar que el otro lo haga. La polarización ha convertido la derrota en algo que se percibe como una amenaza existencial. Como en el fútbol, habrá un ganador que se lleve la gloria y un derrotado que deberá sobreponerse a la espera de un nuevo juego. Una sola manera de seguir la vida. Un único modo de espantar la muerte. Ahora, qué tan divididos vamos a salir de las elecciones y qué tan fácil vamos a asumir los resultados son dos cuestiones difíciles de responder. 

La segunda analogía es la del escape. Sacheri sostiene que el mundo es difícil de entender: sus reglas son confusas, sus objetivos, poco claros. El fútbol, en cambio, es transparente: hay un arco, una pelota, un rival y un resultado. Ganas si metes más goles que el otro; pierdes si no lo logras. Esa simplicidad es un alivio. Colombia lleva años alimentando una división que cuenta con narrativas propias; con resultados que refuerzan sus bondades y relativizan su falencias; con sistemas de difusión que dificultan saber a quién creer. Es una lógica de un ellos o nosotros. Por eso los colombianos prefieren sumergirse en el Mundial antes que enfrentarse a la complejidad de las elecciones: el fútbol ordena lo que la política desordena.

Por eso los colombianos prefieren sumergirse en el Mundial antes que enfrentarse a la complejidad de las elecciones: el fútbol ordena lo que la política desordena.

La tercera es la del quilombo, entendida como el desorden. En el libro, Sacheri cuenta, en la voz del protagonista, que un gol en el último minuto desató una pelea monumental entre los jugadores. En Colombia, la preocupación no es tanto el resultado de las elecciones como lo que pueda ocurrir después de conocerse. El temor a que el perdedor no reconozca la derrota y que eso detone un estallido social o un rebrote de violencia es real, y recuerda demasiado a ese partido de colegio que terminó en caos. Hay que recordar que Colombia es un país en donde la violencia está, en muchos sectores, a flor de piel; en donde hay regiones del país controladas por organizaciones delincuenciales; en donde el Estado no hace presencia o si lo hace es débil y sin herramientas. 

La cuarta es la de la incertidumbre. En el fútbol hay favoritos, pero los resultados rara vez siguen el guión que trazan los expertos. El Mundial lo confirma cada cuatro años. Y este ya ha dejado varias sorpresas. Las elecciones colombianas también han desmentido a sus propios "conocedores": las encuestas han perdido credibilidad y los expertos están desorientados. Las sorpresas se han vuelto rutina. Ninguno puede cantar victoria hasta que suene el pitazo final.

Pero la lección más profunda de Sacheri es otra: si simplificamos las elecciones al lenguaje del fútbol, la realidad colombiana se vuelve más legible. Dos candidatos que no conciben perder. Reglas que pueden respetarse o torcerse. Una hinchada que celebra y otra que se hunde en la derrota. Un solo campeón que levanta la copa. 

(...) si simplificamos las elecciones al lenguaje del fútbol, la realidad colombiana se vuelve más legible.

El fútbol dará revancha, pero no son claros los efectos de las elecciones y sus consecuencias para los próximos años. De ahí la paradoja: el fútbol nos une cuando las elecciones nos dividen. Mientras el país se fractura entre bandos, la Selección convoca a todos bajo la misma camiseta. Sacheri lo entendió bien: uno no sabe cómo funciona el mundo. Nadie. Pero cuando uno juega a algo que le gusta, pareciera que sí.

Quizás esa sea, por ahora, la mejor brújula que tenemos: mantener la esperanza a pesar de los resultados, mientras nos preparamos para el siguiente juego.

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