
Por estos días se conmemoró otro asesinato de esos que sí alcanzan titular, de esos que logran colarse en la historia oficial. Porque los otros, los de a diario, los de trabajadores sin padrino político, ni periodista de cabecera, se entierran en silencio, como si la muerte también pagara impuestos por aparecer. Esos no caben en los libros: harían falta enciclopedias completas para registrar la contabilidad macabra de este país.
Y, sin embargo, la historia insiste en hablar… aunque a algunos no les guste escucharla.
Jorge Eliécer Gaitán lo dijo sin rodeos entre 1944 y 1948: una oligarquía liberal y conservadora se había tomado el poder, gobernando de espaldas al pueblo. En su famosa Oración por la paz dejó una advertencia que hoy suena incómodamente vigente: “Bienaventurados los que entienden que las palabras de concordia y de paz no deben servir para ocultar los sentimientos de rencor y exterminio”.
Bienaventurados los que entienden que las palabras de concordia y de paz no deben servir para ocultar los sentimientos de rencor y exterminio.
Jorge Eliécer Gaitán en la Oración por la paz
No estaba solo en el diagnóstico.
Alfonso López Pumarejo pedía reformas sociales para evitar que la violencia se volviera guerra civil.
Eduardo Santos hablaba de unidad nacional en medio de la polarización.
Laureano Gómez denunciaba persecuciones, aunque desde su propia trinchera.
Carlos Lleras Restrepo insistía en acuerdos políticos para frenar la barbarie.
Todos, curiosamente, señalaban lo mismo: la violencia no era un accidente… era una costumbre política.
Ahora viene la parte deliciosa del asunto.
Los descendientes políticos y biológicos de ese mismo club histórico, los mismos apellidos que llevan un siglo turnándose el poder como si fuera finca familiar, hoy salen en medios (casualmente propiedad de sus mismos círculos) a explicarnos, con cara de preocupación republicana, que la violencia, la polarización y la falta de reformas sociales… son culpa del gobierno actual.
Una joya de alquimia histórica.
Porque según ellos, la abolición de la esclavitud en 1852, esa donde el Estado indemnizó a los dueños y no a los esclavizados, fue un acto civilizatorio impecable. Pagarle al esclavo habría sido barbarie, faltaba más.
También nos quieren vender la idea de que la Masacre de las Bananeras fue un pequeño malentendido logístico donde el Ejército, en un acto de ternura institucional.
También nos quieren vender la idea de que la Masacre de las Bananeras fue un pequeño malentendido logístico donde el Ejército, en un acto de ternura institucional, protegió los intereses de la multinacional de turno. Defender a los trabajadores, claro, habría sido un exceso.
Y si seguimos en el tour del absurdo, la Masacre de Capitanejo aparece como un “episodio desafortunado”, no como el arranque de una tradición nacional: matarse por colores políticos mientras alguien más cobra la cuenta.
Más cerca en el tiempo, el libreto no cambia, solo se actualiza.
Durante el gobierno de Iván Duque, los asesinatos de líderes sociales y excombatientes se dispararon, cifras documentadas por organizaciones como INDEPAZ, pero el lenguaje oficial prefirió hablar de “homicidios colectivos”, como si cambiar la palabra maquillara la realidad. Para algunos, no era violencia: era gente que, inexplicablemente, se atravesaba en la trayectoria de las balas.
Y ahora, con una seriedad casi conmovedora, los mismos de siempre nos dicen que el problema empezó ayer.
Que la violencia nació en el último periodo.
Que la polarización es novedad.
Que la falta de reformas es culpa del recién llegado.
ESOS SON LOS QUE QUIEREN RESCATAR A COLOMBIA.
La sombra de todo este teatro es más simple de lo que parece: el desconocimiento histórico. Una ciudadanía entrenada para repetir lo que escucha, convencida de que un salario digno quiebra la economía, pero que no encuentra problema en siglos de privilegios heredados. Una opinión pública moldeada por la talanquera mediática, donde pensar es opcional y repetir es suficiente.
Así funciona el truco: los mismos que construyeron el problema, hoy se presentan como solución. Cambian el discurso, no los apellidos. Señalan el incendio… mientras esconden el fósforo.
Y el país, obediente hasta la resignación, vuelve a hacer fila… pero esta vez para aplaudir a quienes lo empujaron al abismo.
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