Siempre que me siento a escribir esta columna tengo dos o tres temas rondando la cabeza. Escribir, como bien se ha dicho, es una forma de pensar: obliga a ordenar intuiciones, a someter impresiones al examen de la razón y a descubrir preguntas que no estaban previstas.
Esta vez pensé en volver sobre asuntos culturales, pero varios anuncios recientes de “cambios estructurales” y “hechos históricos” —que difícilmente pueden considerarse como tales— me devolvieron abruptamente al clima electoral. Empecé entonces a pensar en ciertas prácticas recurrentes del ejercicio gubernamental que, más que irritantes, resultan profundamente dañinas para la institucionalidad.
Los primeros cien días de gobierno suelen presentarse como un ritual de eficacia. Cada dependencia se apresura a exhibir “victorias tempranas” y “mangos bajitos”. El afán por demostrar capacidad ejecutiva desplaza algo que debería ser más importante en esta etapa: comprender con rigor el estado real de las áreas misionales, reconocer los logros y las capacidades acumuladas, identificar las tareas pendientes y los errores heredados, valorar el capital humano que sostiene la administración pública más allá de los ciclos políticos.
Sin embargo, el cambio de equipos suele venir acompañado de una desconfianza sistemática hacia quienes estaban antes. Se instala la sospecha, la descalificación preventiva y la narrativa de la refundación. El sesgo egocéntrico —ese impulso de inscribir el propio nombre en la historia— se impone sobre la prudencia institucional. El resultado es una política que confunde novedad con transformación y ruptura con liderazgo.
Otras prácticas se hacen visibles en la medida en que avanza el periodo de gobierno: se entregan obras que habían quedado en un 95 % de ejecución, se cambian placas, se cortan cintas, se toman fotografías y se pronuncian discursos que omiten cuidadosamente cualquier reconocimiento al proceso previo. No se trata de un gesto menor. Es una pedagogía pública de la desmemoria.
De manera paralela se presentan las justificaciones de los incumplimientos. El “retrovisor” se convierte en recurso retórico permanente. Las promesas incumplidas que en campaña parecían soluciones simples se explican ahora por la complejidad estructural o por la herencia recibida. El gobernante, cuya tarea principal es diseñar e impulsar soluciones concretas para mejorar la vida de la gente, adopta a conveniencia el rol de historiador. Y mientras más grandilocuente sea la narrativa, más se prolonga la explicación retrospectiva y más se ensancha el retrovisor: el diagnóstico se extiende hacia atrás, hasta ubicar el origen de las dificultades actuales en los cimientos mismos de la nación, diluyendo toda responsabilidad política en el presente.
Y mientras más grandilocuente sea la narrativa, más se prolonga la explicación retrospectiva y más se ensancha el retrovisor...
Esta lógica tiene un efecto acumulativo: erosiona la confianza pública. Si cada gobierno desacredita lo anterior y proclama su carácter “histórico”, el ciudadano termina atrapado entre la exaltación permanente y la decepción recurrente.
“Con hechos cumplimos”, “estamos cumpliendo”, “las noticias del cambio” o “con dignidad cumplimos”. Las frases cambian, pero la estructura es la misma: estamos cumpliendo, estamos transformando, estamos haciendo historia.
En realidad, estamos en campaña. Y eso exige una dosis adicional de vigilancia crítica. Cada anuncio que se presenta como “histórico”, cada inauguración revestida de excepcionalidad, cada “por primera vez” repetido hasta el cansancio, merece ser examinado con distancia y memoria. No para negar los logros reales, sino para distinguir entre avances puntuales, transformaciones estructurales y puesta en escena.
La madurez democrática exige evaluar con rigor, exigir coherencia y reconocer continuidades. Mantenernos vigilantes, críticos y, sí, escépticos es indispensable en época electoral, cuando buena parte de los anuncios, los eventos, las ejecutorias y los balances públicos se filtran por la lógica inevitable de la campaña.
Cada anuncio que se presenta como “histórico”, cada inauguración revestida de excepcionalidad, cada “por primera vez” repetido hasta el cansancio, merece ser examinado con distancia y memoria.
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