
Estas dos próximas semanas se hablará mucho sobre la COP30 de cambio climático que se está celebrando en este momento en Belém de Pará, en plena Amazonía brasileña, como escenario simbólico y real de las negociaciones. Uno de los temas que se tratará, y que de hecho es prioritario para el gobierno colombiano, se refiere a las sinergias entre cambio climático y biodiversidad.
Hay que entender que la biodiversidad contribuye directamente a la mitigación (reduciendo emisiones) y a la adaptación (ayudando a enfrentar sus efectos) del cambio climático. En la Amazonía, por ejemplo, cada hectárea de bosque que no se deforesta evita emisiones de carbono (mitigación) y mantiene los ciclos de agua que aseguran la provisión hídrica de ciudades como Bogotá (adaptación). En términos simples, cuidar la naturaleza también es proteger la economía.
En términos simples, cuidar la naturaleza también es proteger la economía.
Sin embargo, los servicios ecosistémicos (provisión de agua, fertilidad del suelo, polinización, regulación del clima) siguen siendo subvalorados en las decisiones económicas. Hace casi una década, trabajaba en el Ministerio de Hacienda buscando incorporar el cambio climático en la toma de decisiones de esta entidad y hablar de biodiversidad parecía aún más lejano. Si ya costaba explicar los impactos económicos del clima (a pesar de que, por ejemplo, sequías e inundaciones tienen afectación en la inflación), mucho más difícil era convencer de que la pérdida de biodiversidad también representaba riesgos macroeconómicos.
Por fortuna, eso ha cambiado. El Marco Fiscal de Mediano Plazo (MFMP) de 2024, elaborado por este ministerio, incluyó por primera vez un recuadro titulado Dependencia de la economía colombiana de la biodiversidad. Allí se calcula que 48 % del PIB nacional, unos $ 470 billones de pesos, proviene de sectores con una dependencia directa de la naturaleza, de moderada a muy alta. Sectores como la agricultura, la energía, el turismo, la minería o la manufactura dependen, de una u otra manera, de la estabilidad de los ecosistemas. El MFMP de 2025 mantuvo este tipo de análisis argumentando que la restauración ecológica no es un gasto, sino una inversión estratégica.
Este giro no es menor. Que el Ministerio de Hacienda, la entidad encargada de la política económica del país, reconozca explícitamente la relación entre biodiversidad y economía, significa que el tema dejó de ser marginal y ya se empieza a medirse en pesos, empleos y productividad. Se trata de una nueva forma de entender la sostenibilidad desde las finanzas públicas.
Estas señales no vienen solo del sector público y el sector empresarial también está dando pasos en esa dirección. La ANDI lanzó recientemente su Hoja de Ruta sobre Biodiversidad y Empresa, que busca que el sector empresarial integre y gestione de manera sostenible la biodiversidad en su negocio y apoye el cumplimiento de las metas del país en esta materia. El documento invita a las empresas a identificar sus dependencias e impactos sobre la biodiversidad, y a convertir la gestión ambiental en una fuente de innovación y competitividad.
Además, la ANDI lidera la articulación nacional con la Iniciativa de Divulgación Financiera Relacionada con la Naturaleza (TNFD por sus siglas en inglés), un marco que ayuda a las empresas a evaluar, gestionar y reportar los riesgos y oportunidades vinculados con la naturaleza. Colombia ya se destaca como líder regional en Latinoamérica, con 26 organizaciones comprometidas con la adopción de las recomendaciones TNFD, incluyendo instituciones financieras y empresas de diferentes sectores, entre otros.
Esta tendencia responde a que los mercados y los inversionistas están comenzando a entender que cada vez están más expuestos a riesgos materiales asociados a la pérdida de la naturaleza y la degradación de ecosistemas, lo que los lleva a valorar la naturaleza como un activo económico. Vale la pena destacar que la COP16 de Biodiversidad, celebrada en Cali el año pasado, ayudó a consolidar esta agenda en el país. Fue el punto de partida de un cambio institucional y empresarial que hoy se ve reflejado en estas nuevas iniciativas económicas de biodiversidad. No sabemos todavía cuáles serán los resultados de la COP30 de clima sobre las sinergias con biodiversidad, pero es necesario que en este espacio se refuerce esa visión.
Colombia, el segundo país más biodiverso del planeta, no puede seguir viendo la naturaleza solo como paisaje o patrimonio ecológico, sino como infraestructura económica esencial.
Colombia, el segundo país más biodiverso del planeta, no puede seguir viendo la naturaleza solo como paisaje o patrimonio ecológico, sino como infraestructura económica esencial. Los bosques, los ríos y los suelos fértiles son tanto activos productivos como amortiguadores financieros frente a crisis climáticas y asociadas a la pérdida de la naturaleza. Entender la biodiversidad en términos económicos no significa reducirla a cifras, sino reconocer su valor estratégico para la estabilidad y el crecimiento del país.
En Colombia hay pasos en esta dirección que deben ser fortalecidos y replicados, siguiendo ejemplos como los ya mencionados. Otros sectores deben entender la importancia económica de la biodiversidad para que nos podamos beneficiar de las oportunidades que brinda en este país, a la vez que se reduzcan los riesgos que implican su deterioro. Si casi la mitad del PIB depende directamente de la naturaleza, entonces protegerla no es una opción ambiental, es una política económica inteligente.
Si casi la mitad del PIB depende directamente de la naturaleza, entonces protegerla no es una opción ambiental, es una política económica inteligente.
* Javier Sabogal Mogollón es experto en sostenibilidad y cambio climático. Fue asesor de los ministerios de Hacienda y Ambiente, ha trabajado en diversas instituciones, entre ellas: el Banco Mundial, la CAF, el PNUD, la WWF y la Empresa de Acueducto de Bogotá.
Copyright © – Minuto60 – 2026